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Llorar es uno de los efectos naturales que más se han desprestigiadoen las sociedades burguesas, y no es que la poesía incite al llanto,pero atraviesa los rincones que hubieran podido ocupar mocos ylágrimas y se deja ver en ellos sin tanto pudor como en la denominadavida diaria. De ahí a ensalzar y a cantar el llanto no hay más que unpaso. Quizá la poesía sea un lugar con rincones en los que no semiente, en los que a veces no se miente, de ahí los afanes.Una propuesta seria, rigurosa, planteada sin concesiones, de llorar,sobre todo los domingos por la tarde, y de volver al azúcar se alzaaquí resueltamente, con voces de a doce y de a trece, al comienzo y al término de El a?o del ombligo, recuerdo de un a?o vitalista y jovenque terminó por asomar a la piel de la moda. Modas que vienen y modasque van, modas contra las modas y contra la moda de ir con la moda ode imponerla. Baratillo estético que se erige como resultado obvio deintentar sobrevivir a un aplastamiento producido por el peso de latradición y el fulgor de la novedad.Amar descaradamente a quien no se debe, cantar en los idiomas que noexisten, prepararse concienzudamente para el olvido y en algún bancosoleado del Retiro madrile?o ?mejor si es oto?o? descender al silencio amarillo de la tarde y hablar quedo para que no se entiendademasiado, mientras los amores, las pasiones, las fantasías embadurnan los sue?os, que dejan de parecer imposibles cuando se depositan enpalabras. El a?o del ombligo es el cuarto libro de versos medidos dePablo Jauralde Pou (preceden: Sin embargo, Trizas bruces, CalcetinesRojos).
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