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"Me llamo Pepe" arranca con una idea tan humilde como una moneda olvidada en el fondo de un bolsillo y, sin embargo, tan explosiva como si esa misma moneda decidiera de pronto explicar el sentido de la vida: llamarse Pepe es casi no llamarse, o peor, llamarse demasiado, convertirse en un nombre que cualquiera podría llevar colgado del cuello como una etiqueta de supermercado, y desde esa aparente insignificancia el narrador -un tipo que se proclama mediocre y vulgar con la insistencia con que otros se proclaman santos o genios- empieza a construir unas memorias que no piden permiso, no piden perdón y, desde luego, no intentan caerle bien a nadie. La voz es un monólogo afilado y eléctrico, lleno de digresiones que se abren como trampillas en el suelo del párrafo, de observaciones que te muerden el tobillo mientras tú creías que estabas paseando tranquilamente por una frase, y de una lucidez burlona que convierte lo cotidiano (un centro comercial, una megafonía, un nombre común) en materia metafísica, pero de la metafísica sucia, la que se escribe con la manga arremangada y la ceja arqueada.