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Nos pasamos la vida observando nuestro entorno y bajo las miradas de los demás, pero muy pocas veces nos pararnos a pensar qué sentimos o qué sienten lo demás al vernos; solo cuando algo nos emociona, y percibimos esa sensación, es cuando advertimos qué nos hace sentir lo que estamos mirando. En mi caso, esa advertencia se torna en mariposas, y desde que era pequeña en mi mente ha habido una especie de juego entre ellas y yo: siempre me ha gustado pensar que mi cuerpo estaba repleto de mariposas y que, dependiendo de la emoción, las despertaba de una manera u otra. Después de muchos años, sigo viendo mis emociones desde esa misma perspectiva y me encanta hablar conmigo misma y sentir a través de una mirada, poner nombre a cada cosquilleo, a cada vuelo de mis mariposas; miradas que consiguen hacer vibrar esa parte de mí escondida, adormecida entre mariposas que saben cómo despertar y revolotear en el momento oportuno.